Al igual que esas viejas fábricas, hoy reconvertidas en centros culturales o comerciales en el mejor de los casos, aún quedan restos del comercio con solera, señas de indentidad de ciudades como Logroño, o náufragos de otro tiempo en las modernas capitales dominadas por la uniformidad de las franquicias.
En una época en la que la personalización de la atención al cliente y los negocios temáticos son los objetivos deseables, no está de más recordar cómo eran esas prácticas cuando el colmado, el ultramarinos o el almacén de drogas eran mucho más que una estantería, y sus responsables, auténticos prescriptores.
En principio, los fondos publicados serán propios, pero no cierro este espacio a la colaboración de los lectores.
Iniciamos aquí un viaje al pasado cargado de nostalgia.